jueves, 10 de julio de 2008

El término medio: Inmigración

Recuerdan que les prometí que buscaría más ejemplos en los que un análisis desafecto de los hechos admite la convivencia e incluso la reconciliación de posiciones a priori contrapuestas. Pues éste es uno de esos ejemplos. Y cómo no, de un tema controvertido: La inmigración.

Los hechos:

En este momento, y lo digo por experiencia, necesitamos inmigración para cubrir los puestos de trabajo (cualificados o no cualificados) que los nacidos en España no somos capaces de cubrir (sí, incluso con la deceleración, recesión, crisis o como le queramos llamar).

Por otro lado, la inmigración descontrolada genera bolsas de pobreza, ghetos, mafias, alienación, xenofobia y finalmente, sí, porqué no decirlo, es así, delincuencia. Si tenemos la conciencia tranquila, no se tiene porqué tener miedo a decir las cosas claras. Es fácil caer en clichés estúpidos sobre racismo en el sentido de tachar de racista a todo aquel que exige tomar medidas contra la inmigración descontrolada (aunque obviamente lo hay, y mucho, no es racismo todo lo que reluce). Los inmigrantes delinquen más que los Españoles… y nosotros haríamos lo mismo si fuéramos ellos. No es que el hecho de no ser español te empuje a la delincuencia, es que la pobreza, sobre todo cuando se la hace convivir con la abundancia, genera frustración, alineación y delincuencia (en general cualquier desequilibrio flagrante va a generar esos mismos sentimientos y esas mismas consecuencias -entre otros ejemplos, los desequilibrios culturales o religiosos pueden terminar generando graves conflictos).

La posición en que (creo) se puede llegar a un acuerdo:

  1. Control y ordenación de la inmigración. Sin esto el corto plazo generará tensiones y conflictos de orden creciente en magnitud.

  2. Una política clara y decidida de apoyo a los países de origen. No ya acuerdos de repatriación, sino planes de apoyo (a corto) y de desarrollo (a medio y largo) para el tercer mundo pagados (y vigilados, las mafias actúan, ya se sabe) por los países del primer mundo. Sin explotación y sin interés. Si no somos capaces de que los miles de millones de personas que habitamos el planeta lo hagamos en condiciones razonables, estaremos abocados al desastre. Es inviable que 2/3 de la población mundial pase hambre. Este desequilibrio terminará por desquiciarnos (a unos y a otros) y finalmente, si no hacemos nada, por exterminarnos.
Sé que esto es más fácil de decir que de hacer, pero primero hay que ponerse de acuerdo en el qué, para luego analizar el cómo.

Una última reflexión. No se puede ser hipócrita o inconsciente. Si para reparar este desequilibrio hemos de ser más austeros; si hemos de renunciar a parte de nuestro bienestar para dotar de fondos el desarrollo del tercer mundo, habrá que hacerlo... habría que hacerlo. Obviamente, no soy tan ingenuo como para pensar que vayamos a renunciar a nada. Sé perfectamente que es fácil hacer una declaración de intenciones solidaria; sé, que mientras nos encontremos en el terreno de los buenos propósitos, será fácil ser generoso...

... pero lo mío, lo mío, que no me lo toquen....

martes, 8 de julio de 2008

Matar una hormiga, eliminar una especie.

Una agradable tarde de primavera.
El sol, en su camino hacia occidente, no ha dejado de brillar en el cielo.
Es el fin de la jornada.
Unas tímidas nubes de horizonte, escandalizadas por las atrevidas lisonjas de los más insolentes y desvergonzados rayos de sol, se sonrojan con coquetería ante los seres vivos de esta parte del planeta.

Mientras, una colonia de hormigas, desfilando con despreocupación, se afana en llevar los últimos granos de la colecta a su despensa. En la fila, una de las obreras, una laboriosa hormiga llamada Tika, sigue resignadamente el rastro de feromonas que sus hermanas han dejado para ella.

Tika no sabe que esta magnífica tarde de primavera será la última que vivirá. Que los rayos de sol que perciben sus antenitas y que excitan su exoesqueleto son los últimos que sentirá. Esa tarde, mientras paseo a mi perro Solo por el camino de la autovía, mi descuidado pie irrumpe en la fila y aplasta sin piedad a la pobre Tika y a algunas de sus hermanas.

Pese a semejante carnicería no siento remordimientos.

Ha sido sin querer, pero además, qué caramba, ¡sólo era una hormiga!.

Esa noche, al meterme en la cama, ni siquiera pienso en Tika. Duermo como un lirón.

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No creo que mi falta de remordimientos por el homicidio de Tika la hormiga sea algo inmoral o inhumano. Por lo que sabemos (por lo que sé) una hormiga obrera no se diferencia sustancialmente de las otras obreras de su colonia. No le atribuyo individualidad. Su esencia, su karma, no es diferente del de ninguna de sus hermanas.

Y ahí es donde creo que está el quid de la cuestión de mi falta de remordimientos. Si mi desafortunada víctima hubiera sido un elefante (un elefante en miniatura, pongamos por caso), mi consternación, mi aflicción les aseguro que sería muy importante.

Reflexionando, se me ocurre que lo que determina la trascendencia de la pérdida no viene determinado por el hecho de que el elefante sea un mamífero (al menos no directamente), ni siquiera porque un elefante sea un animal magnífico. Tampoco, pienso, por el hecho de que se sabe que el elefante tiene consciencia de sí mismo (como individuo y como especie) e incluso es consciente del destino final que nos aguarda a todos. Ni tampoco (o no sólo) por la inteligencia que demuestra. Se me ocurre, decía, que lo que determina que mi hipotético crimen sea o no una monstruosidad, está en el hecho de que un elefante tiene un monton de rasgos que le caracterizan como individuo, que le diferencian del resto de individuos de su especie. Y no es sólo genética. El contenido de su cerebro es único e intrasferible (de hecho, no se puede hacer un volcado de un cerebro -en último término, por cuestiones relacionadas con la mecánica cuántica y el caos). Un elefante es algo único. Y no sólo por lo que es, sino también por lo que podría ser, por lo que es en potencia. La cantidad de información única que desaparece del universo cuando un ser vivo muere (por ejemplo un elefante enano aplastado por un pie humano) es lo que determina la trascendencia de la pérdida.

Si esta idea es correcta, eliminar una colonia de hormigas, o quizás, mejor, una especie de hormigas tal vez sea un crimen mayor que eliminar un elefante. Esto sería así si los rasgos o comportamientos característicos, únicos de la colonia de hormigas fuera mayor que los que posee el infortunado elefante enano. Es decir, si los rasgos eliminados definitivamente del mundo fueran más en el primer caso que en el segundo.

Pero, entonces, ¿el crimen cometido con Tika debe quedar impune sólo porque es una especie de clon? Y si Tika fuera una copia exacta de su única hermana Kika, las dos únicas hormigas de su especie. Al eliminar a Tika, he eliminado el 50% de la información redundante de toda la especie y cualquier cosa que le ocurra a Kika supondrá la desaparición de la especie de hormigas "Ikas". Tendría por tanto, la responsabilidad de la desaparición del 50% de la "Información" que custodiaban las IKas. Estoy poniendo en peligro un modo de vida, algo único. Una verdadera desgracia.

Y con este razonamiento, ¿adónde llegamos? ¿Dónde está el límite de lo criminal? Como en tantas otras cosas, el límite no está claro, es difuso. Quizás eliminar 1.000.000 de hormigas sea un crimen tan “horroroso” como matar un ratón. Y quizás matar una serpiente que merodea peligrosamente por los camastros de nuestros hijos esté plenamente justificado. No lo sé, pero deberíamos andarnos con ojo con lo que eliminamos y por qué lo hacemos. Deberíamos de tener muy buenas razones para matar incluso a esa humilde colonia de hormigas comunes que vive en nuestro jardín. Aunque, de momento, yo la verdad sigo sin sentir remordimientos por lo que le he hecho a la pobre Tika-------.

Uhmmm. Creo que esto se me ha ido un poco de las manos. Entre que el razonamiento ya es un poco marciano y que yo lo he paseado por sendas y vericuetos bastante excéntricos, me temo que sólo he contribuido a generar confusión. Aún así, me arriesgaré a dejarles con un último pensamiento. Si mi razonamiento es correcto, ¿acaso no tendríamos mucho más valor como individuos (y como expecie) en la medida en que tuviéramos nuestras propias ideas?

Tal vez el groupthinking, del que ya les he hablado, esté eliminando la "infodiversidad".