Cosmo anda apresuradamente al lado de su madre. No le gusta andar, prefiere correr; pero andar apresuradamente en un día de compras es, sin duda, su idea del infierno.
Al menos, puede dejar que corra su mente, que vuele su imaginación: observando los rostros e imaginando las historias que los han forjado; captando fragmentos de conversación y dándoles continuidad en un diálogo imaginario; percibiendo olores que hacen visibles las miserias que los viandantes se esmeran por esconder, como la naftalina y el betún de los que, como él mismo, estrenan zapatos cuando ni siquiera el calzador puede obrar el milagro de encajar un pie del 37 en un zapato del 33. Sólo los tirones inmisericordes que su madre da en el pequeño brazo de Cosmo, al grito de "Va, redeu, que no tenim tot el dia" consiguen sacar al joven Cosmo de su ensimismamiento, de su mundo imaginario. Eso y el bocadillo de calamares; eso y la napolitana de crema del Corte Inglés... con piñones.
¡Cómo le aprietan los zapatos a Cosmo! y encima, el calcetín que no deja de menguar y que se arrebuja en los rincones más recónditos de su confinamiento; precisamente en las zonas más sensibles de la anatomía plantar de Cosmo . ¿Es el zapato el que se come el calcetín o el calcetín que se esconde en el zapato? Sin duda el voraz borceguí es capaz de devorar al escuálido calcetín (Cosmo ha llegado incluso a temer por su pié) pero piensa Cosmo que es incluso más probable que sea el propio calcetín el que avergonzado de su humilde condición, de su infortunada alcurnia, se esconda en el interior del zapato, o incluso que hastiado de toda una vida de servidumbre, decida poner fin a sus días lanzándose en las fauces del famélico calzado, ofreciéndose a saciar sus apetitos y acabando así con su prosaica y pedestre existencia.
En esos profundos pensamientos se encuentra Cosmo cuando unas trenzas rubias atraen su atención. No es que Cosmo se fije mucho en las chicas, pero esa es otra de las cosas que está a punto de cambiar...